Cari Tusing, académica de College UC y Facultad de Ciencias Sociales (Escuela de Antropología).

Este 30 y 31 de mayo celebraremos en Chile el Día del Patrimonio Cultural. Durante 27 años, esta fiesta cultural ha permitido que miles de personas puedan visitar edificios históricos, museos y espacios de forma gratuita, para redescubrir los rincones de sus ciudades. Es una celebración valiosa, pero que también revela una idea profundamente instalada: que el patrimonio son, sobre todo, construcciones, monumentos y objetos.
El concepto de patrimonio cultural es muchísimo más amplio. También existe aquello que no se puede fotografiar fácilmente: tradiciones, costumbres, oficios, expresiones cotidianas, leyendas, mitos, y formas de relacionarnos con el territorio. Existe, en otras palabras, un patrimonio inmaterial, del cual, la alimentación también es parte.
¿Qué historias guarda aquello que comemos? ¿Qué territorios, conocimientos y memorias sobreviven en un alimento? En Chile, una posible respuesta emerge desde nuestras costas: el kollof, conocido ampliamente como cochayuyo.
Mucho antes de convertirse en ingrediente ocasional, esta alga acompañó la vida de pueblos indígenas a lo largo del país durante miles de años. Comunidades aymara, quechua y mapuche lo recolectaron y comerciaron entre distintos ecosistemas, articulando redes de intercambio desde el mar hasta la cordillera.
El cochayuyo es más que nutrientes, es un recurso natural que sostiene identidades culturales, conocimientos ecológicos, economías locales y relaciones con el territorio.
En el caso del pueblo Lafkenche —comunidades mapuche costeras del sur de Chile—, el kollof forma parte de una relación profunda entre cultura y biodiversidad. Su cosmovisión reconoce que la vida humana y no humana como el mar, las algas, las personas y los animales forman parte de una trama compartida. El cochayuyo no es únicamente algo que se cosecha o se vende, sino también una expresión de pertenencia, memoria y formas de cuidado.
Mirarlo así desafía es significado habitual de patrimonio, porque rara vez pensamos que los saberes asociados a la recolección, preparación y consumo de un alimento también contienen nuestra historia. Pero lo cierto es que una práctica culinaria, un conocimiento transmitido entre generaciones o una relación territorial pueden ser tan identitarios como una iglesia centenaria.
Hay una lección importante en esto, especialmente en tiempos de crisis ecológica y homogeneización cultural. Conservar patrimonio no consiste únicamente en preservar fachadas; también implica cuidar las relaciones que hacen posible ciertas formas de vida.
Quizás este Día del Patrimonio debiera invitarnos a mirar la mesa. Porque hay culturas que se sostienen en recetas, paisajes que sobreviven en ingredientes y memorias que continúan vivas en aquello que comemos. A veces, el patrimonio más profundo de un país no se visita, simplemente se comparte y se disfruta bocado a bocado sentado a la mesa.